II Domingo de Adviento, homilia con motivo de las bodas de Plata del Pbro. Endeer Zapata

Lecturas: Is 11, 1-10; Sal 71; Rm 15 4-9; Mt 3, 1-12

Muy queridos hermanos,  nos hemos congregado este segundo domingo de adviento, con el ánimo en alto y llenos de alegría, para alabar y cantar himnos a nombre del Señor por haber llevado a cabo las promesas de salvación hechas a los patriarcas y haberse hecho presente en nuestra historia y especialmente en la historia de nuestro hermano y amigo el padre Endeer Zapata.

Le agradezco de corazón el haberme querido asociar a la celebración de sus bodas de plata sacerdotales. Desde que hemos venido trabajando juntos en el hermoso campo misionero de nuestra Iglesia en Venezuela, he podido valorar cómo ha sabido combinar su sólida preparación con una entrega y un ministerio lleno de alegría, sencillez y cercanía con sus hermanos.

Bendigo a Dios, junto con la Sra. Silvia, su mamá, su hermano Alfredo, sus familiares, amigos, la comunidad parroquial y la gran familia de las Obras Misionales Pontificias, por el don de su sacerdocio y el valioso servicio que le está prestando a la Iglesia universal desde su responsabilidad actual. Todos unidos, los presentes y los ausentes, alabamos, con un solo corazón y una sola voz, a Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por los hechos maravillosos realizados en la vida de nuestro hermano Endeer en estos 25 años de vida sacerdotal.

En todo tiempo y lugar Dios ha querido valerse de hombres y mujeres que, elige y capacita de modo totalmente gratuito y bondadoso, para asociarlos en distintos momentos de la historia a su plan de salvación en este mundo. Este tiempo de adviento, nos pone en contacto con el servicio y la misión del profeta Isaías, la Virgen María, su esposo San José, S. Juan Bautista y muchos santos como S. Francisco Javier, San Nicolás de Bari, S. Ambrosio, S. Juan Diego, Sta. Lucía y S. Juan de la Cruz.

En el evangelio de hoy sale a nuestro encuentro la figura del Bautista. A él le tocó ser precursor de Jesús, señalar su presencia entre nosotros, y bañarlo con el bautismo de penitencia. Mateo describe su atuendo y su figura con gran semejanza con el profeta Elías y ubica su actividad a las orillas del Jordán, en Judea. Toda su vida y su actividad queda orientada y subordinada a “aquel que ha de venir”, la persona de Jesús y a quien el no se considera digno ni siquiera de desatarle las correas de sus sandalias. Con su fuerte predicación, su llamado a la conversión sincera y profunda preparó el corazón de su pueblo para recibir al Mesías. Con su vida y con su muerte martirial Juan el Bautista es sin duda un gran modelo de discípulo misionero para el padre Endeer y para todos nosotros.

No basta pues declararse miembros del pueblo elegido, hijos de Abrahán como pretendían los fariseos y los saduceos. La conversión se verifica con frutos concretos, con radicales cambios en la conducta y en el estilo de vida.

No es un mero cambio en la manera de comportarse para llevar una vida más coherente con la fe que se profesa.

Hay que ir más allá y tomar la decisión de orientar toda la vida de acuerdo el advenimiento del Reino de los cielos del cual anuncia su inminente llegada. ¡Conviértanse! porque el Reino de los cielos ya está cerca.

Que este grito profético del precursor retumbe en todas nuestras consciencias y haga mella en nuestra vida. Coloquemos a Dios en el centro de la vida y organicemos todo lo que decidamos en torno a El.

Escribió la santa carmelita francesa Isabel de la Trinidad: “es bello pensar que la vida de un sacerdote, como la de la carmelita, es un ¡adviento que prepara la encarnación en las almas! David canta en un salmo que “el fuego caminará delante del Señor” ¿Y no es el amor aquel fuego? ¿Y no es también nuestra misión preparar los caminos del Señor a través de nuestra unión con aquel que el Apóstol llama un “fuego devorador”?

Celebramos con alegría las bodas de plata sacerdotales del padre Endeer, un hijo de Dios de estas tierras trujillanas que lleva el fuego de la misión en sus entrañas. Padre Endeer recuerda hoy ese esplendoroso momento en que Mons. Vicente Hernández Peña, de feliz memoria, impuso las manos sobre ti y junto con los concelebrantes pronunció la oración consecratoria, gestos sacramentales que por la gracia del Espíritu Santo te configuraron para siempre con Cristo sumo y eterno sacerdote, Cabeza y Pastor y de su Iglesia. Esa gracia sobreabundante se derramó con el sagrado crisma sobre tus manos, sobre tus labios, sobre tu corazón y se ha transformado en un manantial inagotable de vida, de santificación, de perdón, de servicio y de amor en favor de todos a quienes te has entregado sin reserva en tu ministerio.

Después de ungirte las manos con el santo crisma, Mons. Vicente te entregó la patena con el pan y el cáliz con el vino, y te dijo estas palabras: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo”. Como discípulo misionero presbítero te corresponde reproducir a Cristo, actuar in persona Christi capitis, y eso solo lo puedes lograr recibiendo la ofrenda del pueblo santo de Dios y presentándosela al Padre de manos de Jesús en la santa eucaristía.

La gran labor del sacerdote es reproducir lo más fielmente posible a Jesucristo Cabeza y Pastor de su Pueblo y entregarse con todas sus fuerzas a convocar, a congregar, a unificar, a hermanar, a superar luchas, conflictos y odios y a ayudar a sus hermanos a encontrar los caminos de la unidad y de la paz. Cuánta faltan hacen sacerdotes y consagradas que construyan caminos de paz, que levanten puentes de concordia, que sean sembradores de ánimo y esperanza en tiempos de tanta desolación.

Para llevar a cabo esa indispensable misión es menester alimentarse de la Palabra y de los sacramentos, particularmente de la eucaristía. Mientras más te sumerjas en la Eucaristía, Endeer, más te cristificarás y más capacitado estarás para recibir lo que el pueblo de Dios te presenta; sus trabajos, su fe, sus dolores y alegrías, sus penas y esperanzas, sus adelantos y retrocesos, sus caídas y sus levantadas.

Las bodas de plata son un punto de llegada y también un punto de partida. Recuerda las palabras de S. Juan Pablo II: “Duc in altum”. Rema mar adentro, padre Endeer. Sigue rema hacia las otras orillas; vive a fondo un sacerdocio en salida, sigue yendo hacia esas orillas culturales, territoriales y existenciales donde te esperan tus hermanos con hambre y sed de Dios, con los cuales te has substanciado con tu opción misionera. Que, al entrar en contacto con ellos, sientas el mismo estremecimiento que conmovieron las entrañas de tu Señor y Maestro, al ver tantas ovejas errantes, desamparadas y dispersas al carecer de pastor. Esta conmoción compasiva lo llevó a asociar a su misión a los doce, a sus sucesores y a servidores como tú, dispuestos y generosos a dar todo por el evangelio del Reino al lado de Jesús, junto con tus hermanos y en profunda comunión con tu Iglesia.

Rema Venezuela adentro, mundo adentro, Iglesia adentro. Que al oír estas palabras recuerdes con gratitud tu pasado, vivas con pasión tu presente y te abras con confianza, como la Virgen María del Monte Carmelo, al futuro, convencido de que Jesucristo ha vencido; su Pascua abre camino hacia un mundo nuevo y que los poderes del Mal, del pecado y de la muerte han sido definitivamente derrotados.

Dios Padre que te conoció y te eligió desde el seno de tu madre Silvia, que te predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para conquistar muchos hermanos; que te justificó con su sangre preciosa, que ya por su parte te glorificó, llene hoy tu corazón de gozo junto con tu familia, tu pueblo que se goza de tu fidelidad y entrega y te impulse con renovadas fuerzas a cantar con María tu propio Magnificat. Si! El Señor ha hecho en ti maravillas y santo es su nombre. El Señor ha sido grande con esta generosa ciudad jardín de Boconó que ha dado tantas vocaciones a la Iglesia. Glorifiquemos todos por siempre al Señor Jesús.¡Maran Atha! ¡Ven, Señor Jesús! Amén

 

Boconó, 8 de diciembre de 2019

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo emérito de Maracaibo
Administrador apostólico sede plena de Carora